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Detrás de cada balance y plan estratégico de una empresa familiar late un elemento que no aparece en los informes financieros: la emoción.

 Ese pulso invisible puede sostener el legado por generaciones… o convertirse en el origen silencioso de sus mayores conflictos. 

Durante una conversación con Llanisol Russo sobre los desafíos de las empresas familiares, comprendí que muchos de sus problemas no son técnicos, sino emocionales. Lo confirmé en mi propia historia: trabajé durante años en la empresa de mi familia, con ideas claras, proyectos sólidos y una necesidad profunda de validación.

Quería que mi padre reconociera mi esfuerzo, que se sintiera orgulloso. Y aunque las diferencias rara vez eran por razones lógicas, el ruido emocional era constante. Las decisiones se mezclaban con el deseo de agradar, de ser escuchado.

Cuando decidí hacer una pausa para estudiar mi maestría, comprendí algo crucial: la mayoría de los conflictos en las empresas familiares surgen de la emoción no gestionada. Las emociones se entrelazan con los roles, el poder, la herencia. Mientras más unidos estamos, más difusos se vuelven los límites entre lo personal y lo empresarial. 

Al regresar, confirmé que la dinámica seguía igual. Había bandos, tensiones y silencios. Y me di cuenta de que lo único que no tenía bando era la empresa misma.

Ese fue mi punto de inflexión: preferí cuidar la relación familiar antes que continuar en un entorno donde los afectos se habían convertido en trincheras. Desde entonces, entendí que la gestión emocional es parte esencial de la gobernanza familiar, tanto como las finanzas o la estrategia.

Con el tiempo, aprendí que los bandos no construyen, que la fidelidad ciega puede ser un ancla, y que madurar no significa reprimir lo que sentimos, sino aprender a decidir desde la serenidad.

 Y si algo puedo aconsejar a quienes lideran una empresa familiar, es que den un paso atrás, observen desde la barrera, identifiquen su núcleo emocional y comprendan cómo sus decisiones los afectan.

 También, que salgan de su dinámica interna y conozcan otras empresas familiares. Mirar otras realidades ayuda a entender que no todo conflicto necesita convertirse en una herida, y que hay herramientas concretas para sanar y avanzar.

Y, de alguna manera, siento que estoy volviendo a casa.

 Aunque ahora lidero este proyecto de consultoría, me sigo apalancando en lo que mi familia ha construido durante años. Ellos son mi ancla, mi subcapitán.

 Esta empresa familiar me formó, me dio carácter y propósito.

Ese mismo principio que aprendí en la maestría —“sal de la empresa familiar y vuelve con algo nuevo que aportar”— hoy cobra todo el sentido.

 Regreso con una nueva misión: transformar lo que aprendí dentro de mi familia en una herramienta para ayudar a otras.

 Y lo hago junto a Llanisol Russo, con el respaldo académico de ISFIS, el instituto fundado por mi padre, que también forma parte de este esfuerzo.

 Así, el propio negocio familiar se convierte en una fuente de aprendizaje para impulsar a otras familias empresarias a crecer, sanar y trascender.

Desde nuestra consultoría especializada en empresas familiares, ayudamos a líderes, herederos y equipos directivos a gestionar la emoción, resolver conflictos y fortalecer la continuidad generacional.

 Queremos que las empresas familiares no sean un campo de batalla, sino un espacio de crecimiento, de unión y de propósito.

 Que sigan generando ingresos, empleo y bienestar, y que su impacto se multiplique a través de generaciones.

Si algo de esto te resuena, estamos aquí para acompañarte.

 Porque sanar los vínculos también es una forma de hacer crecer la empresa.

Contenido elaborado a partir de una conversación entre Roberth Pérez García y Llanisol Russo, complementado con reflexiones personales de Roberth sobre su experiencia en empresas familiares.

Redacción asistida por ChatGPT (OpenAI).